Tengo
ganas de desaparecer. De irme y no darle explicaciones a nadie de adonde he
ido. ¿Por qué debería? ¿A quién le importa?
Siempre
he sido un alma libre. Ya desde pequeña, tendía
hacer lo que yo quería aunque se riesen de mí.
Y
muchas veces, yo no entendía esas risas. Porque esas veces, sus miradas decían
ideas contrarias a las que expresaban sus labios.
No
tuve por lo tanto, una bonita infancia, ni tampoco lo fue mi adolescencia. Ser
diferente es algo que a la mayoría de la gente no le gusta. Te señalan, te
gritan, te insultan y tu solo puedes abrazarte a ti misma y tragarte las
lágrimas.
Es
la única cosa que puedes hacer. Abrazarte para no sentirte sola y no llorar.
Porque si lloras, ya sabes lo que toca.
El
doble de lo mismo. Se turnan, se juntan, te esperan. Les da igual donde estés,
o si te escondes o no. Te van a encontrar y lo van a volver hacer. Eso es algo
que lo sabes mejor que nadie.
Aprendes
a vivir con miedo. Creces desconfiando de los demás. Se forma un vacío en tu pecho
y tu ingenuidad se queda por el camino. Además, de que tu vida empieza a tener
menos sentido cada día.
No
comprendes el porqué de ese comportamiento ni el porqué tu y no otro. Pero
vives con ello, y ya se vuelve parte de ti.