Quedamos, y en ningún momento me
plantee pasar la tarde con él. Se suponía que íbamos a ir un par de amigos,
pero al final, no sé cómo nos quedamos solos los dos.
Al principio, silencio incomodo,
luego un par de miradas y sonrisas, y la incomodidad desaparece.
Hablamos sin parar, tranquilos el
uno con el otro mientras me lleva a un bar a cenar. Un pequeño bicho verde en
el coche nos interrumpe de vez en cuando con alguno de sus comentarios. Pero
ambos lo ignoramos casi de forma inconsciente.
Supongo que nos gusta oírnos
hablar. Porque al rato el bicho se rinde y se calla. Y ya solo nos acompaña la
música de fondo. Una música que ahora mismo, soy incapaz de recordar de lo
atenta que estaba a él y a sus historias.
Aparca cerca de la Universidad de
Leganés y me lleva a un bar de al lado. Solo somos cuatro gatos en el local, y
a medida que transcurre la cena solo dos. Él y yo.
Comemos el uno enfrente del otro.
Mirándonos y hablando. Siempre hablando, porque creo que es uno de los pocos
momentos en el que he podido estar a solas con él.
Me habla de cuando estuvo
haciendo otra carrera y no la acabo, de lo bien que se lo pasaba el por allí
cuando salía de clase. Me pregunta el porqué corro también. Y solo se me ocurre
decirle que para no autodestruirme, para no estar siempre triste.
Él me cuenta también porque
patina y porque le parece bonito tener una afición. Es bueno tener la mente
ocupada dice y ahí le doy la razón. A veces, es mejor estar haciendo algo que a
uno le gusta sin pensar en nada más que en lo que uno está haciendo.
De repente, me sorprende
diciéndome que le gusto tal y como soy. Que le gusta que no vaya a clase
maquillada, que vaya siempre a mi bola. Porque parece que se apreciar más las
cosas que tengo que otras que van súper maquilladas y son unas bordes.
No puedo evitar sonreírle y
piropearle también. Y me mira perplejo, como si le estuviese diciendo alguna
mentira, pero no es así. Para mí él lo es, piensen lo que piensen los demás.
Terminamos y paga. Yo le discuto
y me ignora como si fuese una mosca. El camarero y él se han compinchado para
que yo no pague. Le gusta no, le encanta replicarme y salirse con la suya. Y a
mí, en el fondo también. Aunque sospecho que esto último lo sabe y por eso lo
hace tan a menudo.
Nos vamos, y el frio nos obliga a
abrazarnos. Subimos toda la calle, hasta donde ha aparcado así. Pegados, tanto
que le oigo castañear los dientes en mi oído y no puedo evitar abrazarlo con
más fuerza. No quiero que se congele. No quiero que le pase nada por mí.
Desgraciadamente, acabamos
llegando a donde ha aparcado y nos separamos a regañadientes para refugiarnos
en la calefacción de su coche. Nos metemos y tras un intercambio de miradas,
nos volvemos a reír como bobos.
Arranca y damos vueltas y más
vueltas. Pero no nos importa, porque volvemos a hablar de todo un poco y llegar
a casa es lo único que no queremos hacer.
Admitimos algunos celos,
filosofamos sobre algunas personas de nuestra clase y nos contamos uno o dos
secretos antes de llegar a mi casa. Y cuando llegamos, ambos no sabemos qué
hacer, un silencio incomodo y pesado nos invade.
Le doy dos besos y me bajo
mientras nos intercambiamos un par de piropos subidos de tono. Antes de
cerrarle la puerta, me amenaza con subir a mi casa a hacerme cosas pervertidas
y yo me rió porque sé que es capaz. Y porque tampoco le iba a ofrecer resistencia.
Ando hacia mi casa y me vuelvo
arrepentida de esos dos besos. Y él sigue ahí, sigue esperando hasta que
atravieso las rejas de mi colonia. Entonces arranca y se va más tranquilo a su
casa. Yo le sigo con la mirada hasta el final de la calle.
Creo que nos hemos ido ganando
poquito a poco. Yo siento algo y él lo sabe, y aunque no se lo haya dicho esta
noche. Me prometo decírselo cuando se vuelva a repetir otra oportunidad como
esta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario