domingo, 10 de febrero de 2013

8 de Febrero de 2013


Quedamos, y en ningún momento me plantee pasar la tarde con él. Se suponía que íbamos a ir un par de amigos, pero al final, no sé cómo nos quedamos solos los dos.
Al principio, silencio incomodo, luego un par de miradas y sonrisas, y la incomodidad desaparece.
Hablamos sin parar, tranquilos el uno con el otro mientras me lleva a un bar a cenar. Un pequeño bicho verde en el coche nos interrumpe de vez en cuando con alguno de sus comentarios. Pero ambos lo ignoramos casi de forma inconsciente.
Supongo que nos gusta oírnos hablar. Porque al rato el bicho se rinde y se calla. Y ya solo nos acompaña la música de fondo. Una música que ahora mismo, soy incapaz de recordar de lo atenta que estaba a él y a sus historias.
Aparca cerca de la Universidad de Leganés y me lleva a un bar de al lado. Solo somos cuatro gatos en el local, y a medida que transcurre la cena solo dos. Él y yo.
Comemos el uno enfrente del otro. Mirándonos y hablando. Siempre hablando, porque creo que es uno de los pocos momentos en el que he podido estar a solas con él.
Me habla de cuando estuvo haciendo otra carrera y no la acabo, de lo bien que se lo pasaba el por allí cuando salía de clase. Me pregunta el porqué corro también. Y solo se me ocurre decirle que para no autodestruirme, para no estar siempre triste.
Él me cuenta también porque patina y porque le parece bonito tener una afición. Es bueno tener la mente ocupada dice y ahí le doy la razón. A veces, es mejor estar haciendo algo que a uno le gusta sin pensar en nada más que en lo que uno está haciendo.
De repente, me sorprende diciéndome que le gusto tal y como soy. Que le gusta que no vaya a clase maquillada, que vaya siempre a mi bola. Porque parece que se apreciar más las cosas que tengo que otras que van súper maquilladas y son unas bordes.
No puedo evitar sonreírle y piropearle también. Y me mira perplejo, como si le estuviese diciendo alguna mentira, pero no es así. Para mí él lo es, piensen lo que piensen los demás.
Terminamos y paga. Yo le discuto y me ignora como si fuese una mosca. El camarero y él se han compinchado para que yo no pague. Le gusta no, le encanta replicarme y salirse con la suya. Y a mí, en el fondo también. Aunque sospecho que esto último lo sabe y por eso lo hace tan a menudo.
Nos vamos, y el frio nos obliga a abrazarnos. Subimos toda la calle, hasta donde ha aparcado así. Pegados, tanto que le oigo castañear los dientes en mi oído y no puedo evitar abrazarlo con más fuerza. No quiero que se congele. No quiero que le pase nada por mí.
Desgraciadamente, acabamos llegando a donde ha aparcado y nos separamos a regañadientes para refugiarnos en la calefacción de su coche. Nos metemos y tras un intercambio de miradas, nos volvemos a reír como bobos.
Arranca y damos vueltas y más vueltas. Pero no nos importa, porque volvemos a hablar de todo un poco y llegar a casa es lo único que no queremos hacer.
Admitimos algunos celos, filosofamos sobre algunas personas de nuestra clase y nos contamos uno o dos secretos antes de llegar a mi casa. Y cuando llegamos, ambos no sabemos qué hacer, un silencio incomodo y pesado nos invade.
Le doy dos besos y me bajo mientras nos intercambiamos un par de piropos subidos de tono. Antes de cerrarle la puerta, me amenaza con subir a mi casa a hacerme cosas pervertidas y yo me rió porque sé que es capaz. Y porque tampoco le iba a ofrecer  resistencia.
Ando hacia mi casa y me vuelvo arrepentida de esos dos besos. Y él sigue ahí, sigue esperando hasta que atravieso las rejas de mi colonia. Entonces arranca y se va más tranquilo a su casa. Yo le sigo con la mirada hasta el final de la calle.
Creo que nos hemos ido ganando poquito a poco. Yo siento algo y él lo sabe, y aunque no se lo haya dicho esta noche. Me prometo decírselo cuando se vuelva a repetir otra oportunidad como esta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario